Las tendencias demográficas

Las tendencias demográficas

LOS HECHOS


El crecimiento previsto de la población mundial, para el periodo 2005-2050, no parece muy elevado, con una tasa de media del 0.75% anual para el total.

Los ritmos de crecimiento demográfico de las regiones más desarrolladas y de las menos desarrolladas son muy dispares para ese periodo. Las primeras experimentan un crecimiento insignificante al tiempo que las segundas aumentan a un ritmo aproximado del 0.89% anual.

Una desagregación mayor pondría de manifiesto que, dentro de las regiones menos desarrolladas, los incrementos más fuentes se dan en África. Los países árabes, africanos y asiáticos presentan, en especial, tasas muy elevadas de crecimiento demográfico.

Como resultado del muy diferente pulso demográfico entre países desarrollados y subdesarrollados, la población del primero de los grupos, que suponía, en 2005, el 19% del total significara, en el 2050, tan solo 14%; el segundo grupo, el de los países hoy menos desarrollados pasara, a su vez, del 81% en 2005 al 86% en el 2050.
La población de los países desarrollados permanecerá estancada mientras que la de los desarrollados seguirá aumentando.

¿COMO HA SUCEDIDO?


Puesto que el crecimiento de la población, en un año o periodo, es igual a las tasas de natalidad menos la de mortalidad, la explicación de lo sucedido -el lento crecimiento demográfico de los países desarrollados y el muy rápido de los países en desarrollo- tiene que basarse, ante todo, en la evolución de esas dos tasas.

A lo largo de 200 años, desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX, los países hoy desarrollados llevaron a cabo una transición demográfica: la mortalidad empezó a reducirse, al tiempo que se mantenía elevada la natalidad; el tamaño de las poblaciones creció durante un cierto tiempo; se redujo posteriormente la natalidad y, finalmente, las dos tasas se equilibraron a valores muy reducidos, lo que da lugar a un muy lento crecimiento de la población.

Esa transición demográfica no tuvo lugar de igual manera en todos los países ni la duración del ciclo fue la misma. El distinto grado de desarrollo de los países y sus condicionantes sociales actuaron, de forma singular, sobre el proceso. En los países europeos, la mortalidad desciende considerablemente, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, porque la incidencia de las enfermedades epidémicas es mucho menos, porque mejora la alimentación y porque se desarrollan los cuidados sanitarios. El consiguiente aumento de las poblaciones y la disparidad de recursos-población pone en marcha el proceso de reducción de la natalidad. Finalmente, y aunque aquí el consenso es menor, la revolución industrial y la urbanización desestimulan notablemente la natalidad porque el coste de los hijos se eleva de manera sustancial: el espacio vital es menor, los hijos ya no son, en muchos casos, brazos para la producción, sino ávidos consumidores, de forma gradual la mujer deja de ocuparse en exclusiva de su casa para incorporarse a los mercados de trabajo. Una reducción de la natalidad que, desde mediados de los años setenta, ha dado lugar a que, en la mayoría de los países de la OCDE, la población tienda a reducirse.

Esa transición demográfica no ha tenido lugar en la mayoría de los países en desarrollo. Se han reducido, eso si, las tasas de mortalidad hasta alcanzar valores similares a los de las zonas desarrolladas. Por una razón simple: porque en los últimos cincuenta años la lucha contra las enfermedades epidémicas, los adelantos de la medicina moderna, la mejora de los transportes y la elevación del nivel de vida han roto los limites que la pobreza y su entorno hostil fijaban a la vida humana. Una rotura debida, en buena parte, al uso de las técnicas sanitarias procedentes del mundo desarrollado, y que ha dado lugar a una caída veloz de la tasa de mortalidad; en términos medios, el mundo en desarrollo ha reducido esas tasas en un lapso de dos a tres veces menos que el que el mundo desarrollado de hoy necesitara para lograrlo.

Pero no ha sucedido lo mismo con las tasas de natalidad. Existen reducciones apreciables en muchos países asiáticos y latinoamericanos, pero también, en términos medios, las tasas del mundo en desarrollo duplican todavía a la de los países desarrollados. En parte porque los métodos modernos de control de natalidad son poco conocidos o están prohibidos, entre otros.

Contraer la natalidad no es una política que pueda imponerse, sino un objetivo que ha de ser comprendido y buscado por segmentos muy amplios de la población, un estado de opinión que parece no existe en buena parte del mundo desarrollado.

Pese a que las proyecciones demográficas no son cálculos precisos, difícilmente se modificaran por la inercia que encierra toda pauta demográfica: cuando la tasa de natalidad es baja, el número de mujeres en edad fértil es reducido, lo que hace que dicha tasa se mantenga en valores limitados; cuando, al contrario, la natalidad es pujante, el número de mujeres en edad fértil es elevado, lo que potencia la tasa de natalidad. Cambiar las tendencias es, por tanto, tarea de muchos años.

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