Los problemas demográficos de los países desarrollados: la implosión

Los problemas demográficos de los países desarrollados: la implosión

La trayectoria demográfica de los países OCDE plantea tres tipos de problemas de considerable envergadura: los generales del envejecimiento, el aumento de la tasa de dependencia y su impacto sobre las cuentas públicas.

El envejecimiento de la población incide, por varias vías, sobre la capacidad de crecimiento de la economía. Aunque la experiencia de los trabajadores aumente con la edad, la mejora de productividad que podría esperarse por la mayor experiencia de una población cada vez más envejecida puede quedar anulada por la rapidez del cambio tecnológico. Por lo general, la movilidad laboral disminuye con los años porque los trabajadores ya no están dispuestos a cambiar de empleo, de actividad o de lugar de residencia, lo que hace que el envejecimiento previsto del a población pueda dar lugar a una peor asignación de recursos humanos, sobre todo en mercados tan cambiantes como los actuales. Es posible que, con mayor proporción de personas en los grupos de edad madura, la tasa de ahorro global de las economías se incremente porque la propensión a ahorrar aumenta en esos grupos, pero, como ya está ocurriendo, la situación tiende a invertirse al elevarse la proporción de jubilados que, generalmente, no puede ahorro o han de desahorrar para subsistir.

¿Puede esperarse que, con poblaciones cada vez más viejas, los estímulos que impulsan la actividad económica funciones de la misma manera? Probablemente no. Poblaciones estancadas significan mercados de crecimiento lento en muchos campos de la actividad, y por tanto, expectativas empresariales borrosas y menor inversión; sobre todo en los mercados de bienes, porque es en ellos donde la demanda flaqueara más: el envejecimiento de la población puede no reducir sustancialmente la demanda de transportes o de servicios financieros, pero inevitablemente contraerá la demanda de vehículos automóviles. Poblaciones envejecidas significa menor capacidad para asumir riesgos y, por tanto, menor actividad empresarial. En términos muy generales, la mentalidad expansiva que caracteriza a las sociedades con amplias granjas juveniles se irá perdiendo, al envejecer las poblaciones, y con ella se perderán estímulos muy varios para la producción y el consumo.

La atención que ha de prestarse a un número cada vez mayor de jubilados deberá apoyarse sobre una base cada vez menor, en términos relativos, de trabajadores. Situación que nos lleva, directamente, al tercero de los problemas.

El aumento de tasas de dependencia supone que todo el sistema de seguridad social va a experimentar tensiones crecientes, tanto del lado de la demanda de prestaciones como del lado de la financiación. La población jubilada, que se mantendrá en esa situación durante muchos años, por el alargamiento de la vida, precisara de asistencia sanitaria y de servicios sociales cada vez más amplios y las pensiones, cuando el sistema aplicado sea el de reparto, recargaran, con intensidad creciente, en los presupuestos públicos.

¿Qué puede sugerirse para tratar de dar respuesta adecuada al problema?

Hay que lograr que los porcentajes de población empleada se aproximen a los de la población en edad laboral, es decir, que el empleo aumente, porque, entonces, la tasa de dependencia se reduce y la aportación a los presupuestos se acrecienta.
También, en cuanto a la edad de jubilación, si se retrasa, las pensiones públicas también lo harán y, por lo tanto, los presupuestos quedarán aliviados de una parte de esa carga.
Con todo, no parece que esos dos propósitos sean suficientes para dar solución al problema. De ahí que se propugne, con insistencia, que se adopten una serie de medidas para reducir los costes de la asistencia sanitaria y para completar las pensiones públicas con mecanismos privados de capitalización que aumenten las rentas recibidas por la población jubilada.

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