Distribución equitativa de la renta II

Distribución equitativa de la renta II

Partiendo de una situación inicial en la que la sociedad se halla integrada por dos individuos, 1 y 2, cabría plantease si es posible aumentar la utilidad o el bienestar de la sociedad modificando la distribución de la renta. Sobre la base de las remisas previamente enunciadas, los autores neoclásicos ofrecen una respuesta afirmativa, aunque condicionada a la existencia de una tendencia hacia una igualación de la renta de los individuos. Si se detrae una unidad de renta del sujeto 2 (más rico), para transferirla al sujeto 1 (más pobre), se producirá, efectivamente, un aumento del bienestar de la sociedad. El rico perderá y el pobre ganara, pero la perdida de utilidad que experimentara el primera será menor que el aumento de bienestar del que se beneficiara el segundo. El proceso redistributivo se detendrá, no obstante, en el punto en que se igualen las rentas de los dos sujetos, siendo este el nivel óptimo de distribución de renta, pues en él se maximiza el bienestar social. La distribución optima de la renta se identificaría así con la igualdad absoluta.

Los valedores de este criterio distributivo, que obviamente conduciría a una distribución equitativa de la renta, son, pese a todo, poco numerosos. Las críticas que se han vertido sobre él se han centrado en sus hipótesis de partida. Ante todo, se ha aducido que no todos los individuos tienen la misma función de utilidad, porque la satisfacción derivada del consumo no es objetivamente mensurable. Además, a diferencia de la del consumo, la utilidad marginal de la renta no tiene por que ser decreciente, y si fuese contante (líneas completamente horizontales), las conclusiones que se alcanzarían serian completamente distintas. Al detraerse una unidad monetaria al sujeto 2 para transferirla al sujeto 1, el primero sufrirá una pérdida de utilidad de igual valor que el aumento de utilidad que experimentará el segundo, por lo que el bienestar social se mantendrá inalterado. En tales circunstancias, la política redistributiva del Sector Publico no podría, por tanto, promover un aumento del bienestar de la sociedad.

Por otra parte, bajo el criterio analizado se da por supuesto que el nivel de renta en la sociedad es fijo, de suerte que, cuando se lleva a cabo un proceso de redistribución de la renta entre los individuos, ese nivel se mantiene constante. En él no se tiene en cuenta, sin embargo, que el instrumento concreto que utilice el Sector Publico para llevar a efecto la política redistributiva (la introducción de un impuesto progresivo o la concesión de un subsidio) podría alterar las pautas de comportamiento de los sujetos (en detrimento, por ejemplo, del número de horas trabajadas) y con ello la renta total.

 

Eficiencia paretiana

En líneas precedentes se han analizado distintos criterios de redistribución de la renta, conforme a los cuales algunos individuos siempre mejoran su situación a costa de la de otros. Ninguno de ellos es, sin embargo, Pareto-eficiente, por cuanto parten del supuesto de que la utilidad de los sujetos depende exclusivamente de su renta. No obstante, también cabe pensar en la existencia de individuos con sentimientos altruistas, para los que, por tal motivo, su bienestar no solo habría de depender de su renta, sino que además podría venir determinado por el nivel de renta de los individuos más pobres. A estos individuos altruistas, la transferencia de parte de sus rentas a los sujetos más pobres podría reportarles un aumento de utilidad tal que incluso podría exceder a la perdida de bienestar que les ocasionaría la disminución de su renta, y si este fuese el caso, ambos individuos resultarían beneficiados de tal actuación redistributiva, alcanzándose con ello una situación Pareto-eficiente. En este contexto, la maximización del bienestar exigiría que la renta se redistribuyese hasta el punto en que la ganancia de utilidad del rico por donar parte de sus rentas al pobre se igualase a la perdida por el experimentada por la reducción de su consumo.

Los posibles reparos que pudieran ponerse a la solidez de este argumento podrían verse atenuados, por lo demás, merced a la intervención del Sector Publico. Por una parte, el problema que podría presentarse a los sujetos altruistas para compartir su renta con los más pobres, por desconocimiento, entre otras razones, de quienes sean pobres, podría solventarse con la canalización de las aportaciones voluntarias de los individuos por parte del Sector Publico. Y, por otro lado, si bien es verdad que en realidad la sociedad se halla integrada por más de dos individuos y que, además, la desigualdad en la distribución de la renta puede afectar a la utilidad de todos, razón por la que la redistribución podría concebirse como un bien público respecto al cual algunos individuos ricos podrían tratar de comportarse como usuarios gratuitos, no es menos cierto que el Sector Publico podría evitar esos niveles ineficientes de redistribución, obligando a todos los sujetos a participar en ella mediante el pago de unos impuestos cuyos ingresos transferiría a los más pobres.

Aun así, debe olvidarse que, aunque presente de forma manifiesta en el comportamiento humano, el altruismo no explica la mayor parte de los programas públicos redistributivos. La redistribución de la renta se sustentaría también, en gran medida, en otras razones egoístas conocidas del ser humano. Como se ha visto en líneas precedentes, los individuos acomodados pueden estar dispuestos a contribuir con sus pagos impositivos a las trasferencias de renta a los pobres si se les garantiza que en caso de incurrir en una situación de pobreza en el futuro pasarían a engrosar las filas de beneficiarios de tales transferencias. Para ciertos autores, además, la redistribución puede concebirse asimismo como una forma de comprar o mantener estabilidad social.

Hasta aquí el análisis de los criterios distributivos basados en la función de bienestar. Como recapitulación puede concluirse, no obstante, diciendo que la bondad o no de una medida redistributiva dependerá del criterio que se utilice para valorarlo. Así, una medida que mejorase la situación de los ricos uy no alterase la de los pobres, sería positiva desde el punto de vista de Pareto, pero resultaría indeseable para un defensor de la igualdad absoluta en la distribución de la renta. En centrarse, Harsanyi se mostraría partidario de una política redistributiva que aumentase poco el bienestar de los pobres y muchos el de los ricos. Esta política no sería cálida, sin embargo, para un igualitarista, ya que, a consecuencia de ella, aumentarían todavía más las diferencias existentes entre ricos y pobres. Por su arte, una medida dirigía a aumentar, aunque fuese poco, el bienestar de los más pobres, a costa de disminuir el de los ricos, estaría bien vista de la óptima rawlsiana, mientras que, por el contrario, seria rechazada de acuerdo con el criterio de eficiencia paretiana.